De resaca social

Taza Pulp Fiction

Me levanto de la cama tras una noche de sueños raros y poco descanso. Me arrastro hasta la cocina para rezarle a la diosa Cafeína. “OH, diosa Cafeína, líbrame de este dolor de cabeza insoportable, te lo ruego…” Café en mano me siento frente a mi amado ordenador y un concepto resuena por el interior de mi dolorida cabeza: resaca social.

No sé si el concepto existe y estoy demasiado hecho polvo como para buscarlo, pero creo que es la mejor forma de describir el estado de putrefacción en el que me encuentro ahora mismo. Me siento como si me hubieran metido dentro de una campana y me hubieran golpeado con una bola de demolición. Y sólo cabe una explicación, padezco resaca social.

Puestos a utilizar un concepto que no sé si existe, debería darle también una definición.

Resaca social: sentimiento de cansancio absoluto, tanto físico como psicológico, que se produce después de participar en eventos sociales tales como cenas de navidad, celebraciones de cumpleaños u otros tipos de situaciones en las que se concentra una gran cantidad de personas.

Y no me digáis que lo que tengo es resaca y punto, que sabéis que para mí tres cervezas al año ya son demasiadas. Agua, café y leche. El alcohol es aburrido.

Creo que lo que más me agota es el ruido. La gente grita demasiado. A medida que avanza la noche y se vacían las botellas se disparan los decibelios y mi pobre cabeza no puede soportarlo. Parece que aquí “celebración” y “ruido” van siempre de la mano. Qué poco me gusta ese aspecto de “nuestra cultura”.

Bueno, que no sé qué coño estoy escribiendo ya. Salir de la cueva no me sienta bien. Espíritu navideño el que tengo aquí colgado.

Un Cuento de Navidad #5

Frasco de Guillotrina

[1ªParte] [Anterior]

El hurón inspiró y espiró. Lentamente, se acercó hasta su mesa de roble, situada en el centro del despacho. Sabemos que la mesa era de roble porque tenía un cartel que decía “mesa hecha con madera de roble y no con madera de castaño, que es una castaña”. El hurón mordió con suavidad una de las esquinas de la mesa, activando un escáner dental. Una luz verde indicó que el reconocimiento había sido positivo, iniciando así una serie de mecanismos hidráulicos.

La inseguridad paralizó al camello, que no sabía si su nueva compañera había dado con la respuesta correcta o no. La oruga, por su parte, contemplaba con un semblante serio y despreocupado cómo una plataforma metálica empezó a descender desde el techo del despacho. La luz del exterior comenzó a entrar a través del hueco que antes cubría la plataforma, sobre la que destacaba una silueta con forma humana. El mecanismo completó su descenso y, antes de que nuestros protagonistas tuvieran tiempo de reaccionar, el humano que permanecía en la plataforma exclamó:

—¡COOOOOOOOORRECTOOOO!

La oruga y el camello, boquiabiertos, alzaron su vista para ver como Jordi Hurtado se elevaba con la plataforma, que estaba regresando a su posición original. Mientras tanto, el hurón abrió un armario y sacó un pequeño frasco de cristal que contenía una sustancia de color naranja. El mecanismo hidráulico se detuvo, es decir, se paró. Los mecanismos hidráulicos no se detienen a sí mismos porque no les dejan ser policías.

El hurón entregó el frasco de Guillotrina al camello, que lo guardó rápidamente en una de sus jorobas. Tanto la oruga como el camello creyeron que era mejor irse en silencio del hexágono industrial, pues preferían no conocer el resto de excentricidades que escondía el hurón. Una vez fuera, decidieron regresar a casa para descansar antes de ejecutar el golpe definitivo a la monarquía española.

[Siguiente]

Un Cuento de Navidad #4

Hexágono Un Cuento de Navidad

[1ªParte] [Anterior]

Un gran cúmulo de nubes oscureció lentamente las calles de Montreal. En el aire, se podía captar una esencia de conspiración y venganza que conducía directamente al número 8886 del Boulevard Perras. Allí, el traficante de drogas con más jorobas de Canadá explicaba a una curiosa oruga el plan para acabar con la vida del nuevo rey español.

—Utilizaremos la Guillotrina.

—¿La Guillotrina? —preguntó la oruga—. ¿Cómo coño se mata a alguien con Guillotrina?

La Guillotrina es una sustancia fabricada de forma clandestina por un grupo de hurones en Nepal. Se trata de un líquido anaranjado que provoca la destrucción inmediata de las cuerdas vocales de cualquiera que lo beba. Durante muchos años, los hurones vendieron este brebaje a organizaciones criminales que se dedicaban a silenciar cantantes de dudoso talento.

—La Guillotrina es la parte más importante del plan —afirmó el camello—. Haremos que Felipe pierda sus cuerdas vocales. Eso impedirá que dé el discurso de navidad y le provocará una gran depresión. La pena será tan grande que el corazón del rey dejará de latir. Es un plan infalible.

—Perdona mi ignorancia, pero ¿no sería más fácil darle veneno directamente?

—Dame veneno que quiero morir, dame veneno.

Tras un par de horas debatiendo sobre la eficacia del plan, la oruga aceptó seguir con el plan original y utilizar la Guillotrina. Para obtenerla, los dos conspiradores se desplazaron hasta un polígono industrial de seis lados en las afueras de la ciudad canadiense. Dentro del hexágono industrial, se encontraron con el hurón que controlaba la distribución del brebaje a nivel nacional.

El hurón conocía la reputación del camello, pero de todas formas quiso imponer una condición antes de entregarles la Guillotrina: el camello y la oruga tendrían que responder correctamente a su acertijo antes de recibir el preciado elixir. Esta es la razón por la que el camello había decidido involucrar a la oruga en la conspiración, necesitaba su astucia felina para resolver el enigma y poder llevar a cabo su plan.

—¿Qué tiene cuatro patas y bigote? —preguntó el hurón.

El camello miró nervioso a la oruga. La venganza de la muerte de su mejor amigo dependía de la respuesta de su compañera conspiradora. Sin tomarse ni un solo segundo para reflexionar, la oruga respondió:

—Tu puta madre.

[Siguiente]

Un Cuento de Navidad #2

[Leer Primera Parte]

Litros de sangre bañaban el frío asfalto de la calle principal de Cuenca. Los miembros de nuestro anterior protagonista, el saltamontes, estaban esparcidos en un radio de dos kilómetros. La señora oruga contempló boquiabierta la escena. Tras unos minutos, la oruga escupió la sangre que se había colado en su boca y decidió que la próxima vez que presenciara un accidente mantendría los labios cerrados.

Nuestra nueva protagonista vio como la cartera del saltamontes comenzó a hundirse en el sangriento mar generado por el atropello y saltó inmediatamente a recuperarla, pues los saltamontes son conocidos por su abundante riqueza. La oruga nadó hasta la zona cero, sin azúcar, y se sumergió para alcanzar la cartera. En su interior, encontró 341€, una sandalia, un DNI y una foto del saltamontes con su amigo el camello. La fotografía conmovió a la oruga, que sintió la obligación de encontrar al camello para comunicarle la triste noticia. Boulevard Perras nº8886, Montreal. Ésa era la dirección que figuraba en el DNI del saltamontes. La única pista para encontrar a su amigo.

La oruga, consciente de sus limitaciones, consideró que necesitaba transformarse antes de emprender su largo viaje, así que trepó hasta lo alto de una farola y se envolvió en un capullo para hacer la fotosíntesis. Pasados unos segundos, la oruga rasgó el capullo con sus nuevas zarpas, estiró su cola, escupió una bola de pelo y maulló: ¡Cuac! ¡Cuac!

Nuestra protagonista utilizó su recién adquirida influencia felina para someter a un humano que pasaba por el lugar y le obligó a llevarle en piragua al aeropuerto de Cuenca. Una vez allí, se enavionó en el primer vuelo dirigido hacia el Aeropuerto Internacional Pierre Elliott Trudeau.

Cinco minutos después del despegue el niño que se sentaba al lado de la señora oruga comenzó a llorar porque era un niño y eso es lo que hacen los niños. En 3 segundos la oruga alcanzó su nivel máximo de paciencia y de un zarpazo extirpó las cuerdas vocales del pequeño demonio. El resto de pasajeros aprobó la acción, levantándose del asiento y aplaudiendo a la oruga entre lágrimas de alegría. La madre del niño se acercó a la señora oruga y le entregó un ramo de flores.

—Gracias, señora gata. —dijo la madre.

—Soy una oruga. —respondió la oruga. —¿Quiere que le extirpe a usted los ovarios para que esto no vuelva a ocurrir en el futuro?

—Lo que no mata, engorda. —afirmó la madre.

—Prrrr Prrrrrrrrrrrr

Finalmente, el avión llegó a Montreal, ciudad natal del saltamontes. La oruga alquiló un coche en el aeropuerto y condujo hasta el número 8886 de Boulevard Perras. Nerviosa, bajó del vehículo y se acercó hasta la entrada de la casa adosada. Las cortinas impedían ver si alguien se encontraba en el interior, así que probó suerte con el timbre. Instantes después, la gran puerta blanca se abrió lentamente y una cabeza apareció entre una nube de humo.

—¿Quién eres? —preguntó el camello.

[Siguiente]

Un Cuento de Navidad

Érase una vez un alegre saltamontes que dedicaba sus días a saltar montes. ¿Quién era él para llevar la contraria a la RAE? Nuestro amigo el saltamontes consiguió saltar Montecarlo, Montoro, Montilla, Montenegro, Montadito y Montanejos. Un día, dispuesto a superarse a sí mismo, decidió saltar el monte más alto de todos, Cuenca.

Miró la cima con determinación y, tras coger impulso, saltó con todas sus fuerzas. El saltamontes ascendió a gran velocidad, parecía que lo iba a conseguir. Pero una racha de viento lo desvió y acabó aterrizando en la cima de Cuenca. Allí, un curioso transeúnte se percató del forzoso aterrizaje del saltamontes y se acercó para comprobar su estado.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó el conquense.

—¿Conquense? ¿Qué clase de gentilicio es ése? —respondió sorprendido el saltamontes.

—Perdone señor saltamontes, pero se supone que usted sólo ha escuchado la pregunta. El resto es una aclaración para el lector. Acaba de romper usted la cuarta pared.

—A los saltamontes no se nos aplican las convenciones narrativas. Debería usted leer un poco más, señor conquense. —añadió enfadado el saltamontes.

—Flan de café. —afirmó el señor de Cuenca.

—Me las piro, vampiro.

—Hasta la vista, alpinista.

Y así, el saltamontes comenzó su descenso del Monte Cuenca, derrotado pero no hundido, pues estaba convencido de que con un poco más de entrenamiento podría superar ese reto. Como la caída en Cuenca le había provocado una lesión en el ligamento cruzado anterior, no tuvo más remedio que dirigirse a la parada de autobús para volver a su residencia en Montreal. Allí le esperaba su amigo el camello, que además de dos jorobas tenía una red de tráfico de drogas.

El saltamontes se encontraba a unos pocos metros de la parada de autobús cuando un camión procedente de La Nada, pueblo vecino de Cuenca, se cruzó en su camino. El camión, que estaba cargado de relojes suizos fabricados en China, arrolló al saltamontes, provocándole un sida intracraneal y varias muertes de tercer grado. De esta forma, el saltamontes dejó de ser el protagonista de nuestra historia, sin cumplir su sueño de saltar Cuenca y sin poder despedirse de su amigo el camello.

La señora oruga, que presenció del accidente, se convirtió entonces en nuestra protagonista… [Segunda Parte]

El Hombre que me dijo La Verdad

Pese a que los adornos estén puestos desde agosto, ahora ya podemos decir que la navidad está cerca. Lo notaréis en que la cantidad de anuncios de colonias y perfumes se ha incrementado en un 900%. Estas fechas están llenas de compras, regalos, cenas familiares, felicitaciones absurdas y mentiras, muchas mentiras.

Hoy voy a hablaros de mi primer contacto con el mundo de la conspiración y del engaño masivo.  Hace algunos años las cenas de Nochebuena de mi familia estaban plagadas de niños, yo entre ellos. Todos creíamos que en algún momento de la noche el señor “Santa Claus” o “Papá Noel” dejaría un montón de regalos fuera de la casa para nosotros. Normalmente nunca llegábamos a verlo, los regalos simplemente aparecían allí. Los adultos de la familia eran los encargados de ir escabulléndose entre el bullicio de la cena para colocar los paquetes en un lugar sin que los niños nos diéramos cuenta. Utilizaban tácticas tan sutiles como la de obligarnos a todos a meternos en una habitación a jugar.

Un año me propuse ver cómo llegaba “Papá Noel” y me quedé esperando fuera de la casa durante horas. Hacía frío. Mucho frío. Creo que no he vuelto a sentir frío como el de aquella noche. O igual fue ésa la noche en la que perdí la sensibilidad. La cuestión es que después de una larga espera los adultos me convencieron para que entrara un momento, no sé si era para comer algo u otra excusa. Al salir, sorpresa. El señor gordo había llegado, había dejado los regalos y se había ido. Decepción.

Esa noche fue muy frustrante, pero yo no perdí la fe y seguí con mi feliz vida de niño. Otro día, sin venir a cuento, empecé a hacerle preguntas relacionadas con “Papá Noel” a mi abuelo. No recuerdo exactamente qué le pregunté, sólo mantengo en mi memoria este fragmento de la conversación:

– No existe.

– ¿Qué?

– Que el “Papá Noel” ese no existe.

Yo empecé a llorar y corrí a preguntarles a mis padres. ¿Sería verdad? No, por supuesto que no. Mis padres me dijeron que el abuelo no sabía de qué hablaba y que claro que existía “Papá Noel”. ¿De dónde iban a salir los regalos si no?

Con el tiempo acabé descubriendo que lo que me dijo mi abuelo era cierto y que mis padres, mis familiares y toda la sociedad habían estado mintiéndome durante años. Engañado, humillado y extorsionado. Extorsionado, sí. No olvidemos que figuras como “Papá Noel” o los “Reyes Magos” son, en esencia, herramientas de extorsión, una forma de controlar el comportamiento de los niños y de evitar la responsabilidad.

“Papá Noel” es a los niños lo que “Dios” a los adultos. Si te portas bien te traerán lo que quieres, si no pues te joderás. Todo depende de lo bueno que seas. En teoría. Al final los regalos siempre variarán en función de los ingresos y de lo que les salga de las pelotas a tus padres. Creo que es el mayor acto de cobardía por parte de la humanidad. Hacer creer a los niños en seres inventados para no tener que dar explicaciones cuando no tienen lo que han pedido.

Por este motivo, he decidido que si algún día aparezco en algún medio que se dirija al público infantil pienso decir que los “Reyes Magos” y “Papá Noel” no existen. Sé que no me creerán. Sé que sus padres dirán que el señor ese de la tele no sabe de lo que habla. Pero, con los años, los niños crecerán y se darán cuenta de que aquel hombre loco fue más sincero con ellos que todos sus familiares. Quiero ser para esos niños lo que mi abuelo fue para mí, aunque nunca pude agradecérselo. El hombre que me dijo la verdad.